Relatos de Ultratumba

Por: Jorge Vargas

Texto de: Alex Morales Gómez.

A José Octavio le dieron agua de calzón, al menos era eso lo que decían todas las personas del pueblo. Era un hombre que vivía en la calle, para el cual no existía ni frío ni calor.

Lo podías encontrar en plena noche de lluvia, desnudo en media calle o bajo un radiante sol cubierto por mantas que las personas le daban. En verdad era loco… El agua de calzón le decían todos.

Muchas veces traté de entablar una conversación con él, para saber en realidad lo que le había pasado, pero era un orate por completo, no había manera de comunicarse.

Los chicos lo molestaban y le tiraban cosas. A diferencia de otros locos, este no se defendía, simplemente se quedaba ahí aceptando las agresiones de los chicos, vivía de lo que las personas le dieran, ya fuera comida, vestido o cobijo; no lo recibían en las casas a pesar que no era agresivo porque nunca se bañaba… ya se imaginarán a que olía.

Agua de calzón era un personaje típico del pueblo, todos sabían quién era, pero la realidad es que nadie conocía a alguien de la familia.

Un día cualquiera llegó allí sin saber quién era, estaba ya perdido.

Amalia era una bruja reconocida en mi pueblo, muchos la consultaban, pero también le temían, tenía el poder de acabar con cultivos, ganados o personas; con mis dudas de lo que le había sucedido a Agua de calzón, pedí una cita con ella y le pregunté directamente qué le pasaba a aquel hombre; se quedó mirándome pensativa y me preguntó para qué lo quería yo saber.

Le aseguré que sólo era una duda, no creía yo que el agua de calzón tuviera tanto poder.

¡Soltó una risotada que me hizo creer que la que había enloquecido era ella!

Después de un buen rato, me dijo que lo del agua de calzón es un dicho, pero en realidad sí se le da un bebedizo, junto con una prenda interior usada de la persona de la cual quiere que se enamore la víctima.

Le pregunté entonces qué le pudo haber pasado a nuestro protagonista el loco y esto me dijo ella:

“Ese hombre se llama José Octavio y lo sabe el pueblo porque yo se los dije, pero ellos ya ni lo recuerdan. Vivía en Remedios, un municipio muy retirado de aquí pero con fama de ser la cuna de la brujería.

José Octavio le temía mucho a las brujas, pero también las odiaba sobre todas las cosas, así que un fin de semana conoció a una bella joven, la más bella que el haya visto nunca. A primera vista se enamoró de ella perdidamente; ella le correspondió y pasaron juntos esa noche.

Para José Octavio fue tocar el paraíso, pero ella se fue a la mañana siguiente sin decir nada; así que él preguntando aquí y allá, dio con el paradero de ella.

Fue a dar a su casa pero al llegar donde lo guiaban las indicaciones, encontró  a una anciana con una pinta de bruja.  En ese instante él quiso devolverse pero la anciana le dijo que esa persona a quien buscaba pronto llegaría.

Mientras, le ofreció un jugo de mora.

La realidad es que la chica a la que él había conocido era la misma anciana y bruja; quien por medio de un hechizo logró que no la viera tal cual era. Y es que, en ese jugo de moras, ella le estaba dando agua de calzón, para que él se enamorara perdidamente y así no pudiera ver la realidad.

Cuando la anciana volvió, ante los ojos de José Octavio, ella era la mujer bella que él había conocido; pero como le dije antes, él era muy temeroso de las brujas y cargaba un lazo de San Benito bendecido; por lo que esa noche, mientras se desnudaban para estar juntos, el lazo fue a caer sobre ella y le mostró a él la realidad.

En ese momento a José Octavio se le corrió la mente, su razón, su fe y sus temores le jugaron una mala pasada, nunca volvió a la normalidad y aunque ella trató de ayudarlo, le fue imposible.

Él ya se había perdido de este mundo.

Le fui a pagar la consulta, pero la rechazó.

Le pregunté cómo sabía ella toda la historia, me miró con una seriedad que aún hoy me asusta y me dijo: “yo fui quien le dio, agua de calzón”


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