Por: Jorge Vargas.

Aquella mañana me desperté confundida. Tenía varios días de estarme sintiendo mal, de sentir que no encajaba en ningún lugar y lo único que quería hacer era llorar.
Bajé a la cocina y le dije a mi madre que necesitaba hablar con ella.

– ¿puede ser en la noche? –  Voy muy tarde al trabajo. Fue su respuesta.

Salió a toda prisa. 

Mi madre trabajaba todo el día porque mi padre hacía dos meses había quedado sin empleo y ella sola estaba llevando todos los gastos de la casa.

Salí al jardín. ¡Genial! Ahí estaba mi padre. ¿Papá… puedo hablar contigo?

-Ahora no hija- no ves que estoy conversando con el vecino.

Respeta las conversaciones de los mayores. -Es que de verdad necesito hablar contigo, papá – insistí- pero una vez más fui ignorada.
Me metí a la ducha. El nudo en la garganta no se soltaba aún. No recordaba porqué me sentía así.  Sólo recordaba que un día tuve mi primer síntoma de ansiedad y depresión y nadie lo notó, ni siquiera yo misma.

Estaba tan ocupada siendo “feliz” que no tuve tiempo de averiguar porqué me sudaban las manos, me daba taquicardia y lo único que quería hacer, era dormir.

Llegué a la escuela.

Me encontré con Gabby, mi mejor amiga. 

Intenté contarle cómo me sentía, pero a ella pareció no importarle, empezó a contarme de su novio Patricio y del destino de sus próximas vacaciones en el verano. Yo la escuché confiada en que después ella me escucharía a mí, pero no lo hizo.

Al término de la clase de Anatomía me acerqué a mi maestra, le dije que necesitaba hablar con alguien, que no me sentía bien emocionalmente.

-Ahora no puedo niña-. Necesito preparar mi próxima clase. Habla con la psicóloga de la escuela.

Me acerqué a la oficina de la Srta. Haeckerman, pero su secretaria me dijo que aquel día no asistiría a la escuela, le habían dado permiso para ir a una cita médica.

¿Puedo hablar contigo? Pregunté.

-Ni que yo fuera psicóloga. Respondió la chica.

Además, tengo una agenda que organizar.

Salí de aquel lugar con el nudo en mi garganta un poco más apretado. Fui a la oficina de la directora de mi escuela, pero ella no tenía tiempo, para eso había una psicóloga en la escuela. Fue su respuesta.

-La Srta Haeckerman tuvo permiso el día de hoy para ausentarse-

-Entonces espérala a que llegue mañana-.

Sólo quería hablar con alguien. Sólo eso. No pedía nada más.

Regresé de la escuela y mi padre no estaba en casa. Llamé a la abuela como mi último recurso. Pero ella tampoco tenía tiempo, yo había llamado justo a la hora en que ella jugaba a la lotería con sus amigas.

En la noche llegó mamá, pero esta vez tampoco pudo hablar. Había llegado cansada del trabajo y sólo quería dormir. Me prometió que al día siguiente si hablaría conmigo.

Una hora después papá llegó borracho. Era inútil tratar de hablar con él en su condición, entonces me fui a mi recámara, y lo vi, lo vi a él.

Lo llaman el diablo o el ángel de la muerte. Todos se refieren a él como lo peor que se pueda ver, pero en mis condiciones, en las que había intentado hablar con todos, y nadie había tenido tiempo, no me pareció tan terrorífico su aspecto.

Pude soportar su fuerte olor a azufre y el fuego que salía de sus ojos, sus dos cuernos me parecieron chistosos y sus alas negras se veían interesantes, después de todo, no asustaba tanto. Fue el único que aquel día tuvo tiempo suficiente para escucharme, tuvo tiempo para mí.
Le dije como me sentía, le expresé todo, también le dije que había intentado hablar con alguien y que todo había sido inútil. Entonces él me aconsejó. Me dijo que la única forma para acabar mi sufrimiento era con el suicidio.
No te dolerá. -me aseguró-.
Entonces, saqué una cuchilla que guardaba en mi mesa de noche y la afirmé en mi cuello hasta que sentí cómo la sangre bajaba por mi pecho. El diablo tenía razón, no me dolió la cortada. Dejé mi cuerpo tendido en el piso de mi habitación y mi alma caminó con él de la mano. Me prometió al día siguiente poder despedirme de mis padres.

Al día siguiente mi alma llegó a mi casa y vi a mis padres llorando, arrepentidos de no haber tenido tiempo para mí.

Mi amiga Gabby metió en mi ataúd una carta que jamás pude leer, supongo que también estaba arrepentida de no haberme escuchado. La directora de mi escuela y todos los profesores lamentaron la muerte de una de sus estudiantes, se solidarizaron con mis padres, incluso la secretaria de la Srta. Haeckermann se acercó al ataúd y dijo que sentía no haberme escuchado.
La abuela viajó a mi velatorio, aquel día no le importó no jugar a la lotería con sus amigas.
o le pregunté al diablo: ¿Yo me suicidé o ellos me mataron?
Él me dijo: No te preocupes por lo que haya pasado. De todas maneras, me culparán a mí.

Y tuvo razón, todos culparon al único que me escuchó cuando lo necesité, al único que me dio una solución para acabar con mi dolor. Ahora él y yo vamos por el mundo acabando con el dolor de todos aquellos que se quieren expresar y no son escuchados…
Él es el rey de las cizañas.

-LAS OPINIONES DEL AUTOR, NO REFLEJAN LAS DE LA EMPRESA-

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