Como buena parte de los habitantes de Baja California y Tecate en particular somos migrantes, hijos o nietos de migrantes. En lo personal mi familia migro en la década de los 60 del siglo pasado, procedentes de Durango y Zacatecas. Fue en el Pueblo Mágico donde mis padres se concomieron  decidieron formar una familia. Ambos, procedentes de estados sin problemas de falta de agua o de suministro de ella, por lo menos en aquellos años.

Mi padre contaba una anécdota. Tenía pocas semanas de haber llegado a Tecate, en una conversación expresó su inquietud por adquirir un terreno para empezar a fincar una casa y traer al resto de su familia a este pueblo. Entre los interlocutores se alzó una voz para comunicarle que él podía llevarlo a ver unos terrenos y si le interesaba alguno de ellos, estaba en la mejor disposición de llegar a un acuerdo que fuera favorable para ambos. Entiendo en ese momento se encontraban en algún lugar del centro de Tecate e inmediatamente se encaminaron a conocer los predios ofrecidos, pues se encontraban muy cerca. Al llegar al lugar, el vendedor se expresó que podía escoger el que le gustara. Mi padre comentaba que los terrenos estaba parejitos, limpiecitos y muy cerca del centro del pueblo. Rápidamente seleccionó el que le gustara, al no estar delimitados, le dieron la libertad de que seleccionara la superficie a comprar y los marcara con unos postes improvisados. Le dieron precio y al siguiente día cerraron el trato.

Emocionado, le platica a un cliente, amigo y antiguo residente de Tecate la gran oportunidad que se le había presentado y como había cerrado un gran negocio. El amigo un tanto incrédulo le pidió lo llevara a ver el lote adquirido. Mi padre largo se le hacia el camino para mostrarle a su amigo su gran adquisición, al llegar al lugar le mostró el terreno. Su acompañante observó serenamente la propiedad, acto seguido lo tomó del hombro le dijo: ¡Ay! ¡Muchacho! ¡Has comprado en el cauce del rio! Mi padre incrédulo, después decepcionado y por último molesto tuvo que aceptar que lo habían timado.

Esta larga anécdota es un ejemplo de lo que sucedía y desafortunadamente sigue sucediendo en Baja California. Nuestro Estado tiene poca precipitación pluvial al año  pero quienes hemos vivido aquí por más de 20 años sabemos que de manera cíclica se presentan periodos de fuertes lluvias que causan grandes estragos a la comunidad. Los migrantes llegan al desconocer esta condición climática se asientan de manera irregular en causes de ríos, colinas, barrancos, etc. Pero también es sabido que con la demanda de vivienda que se tiene los gobiernos han autorizado la apertura de fraccionamientos o colonias en zonas de riego que se mantienen estables mientras un fenómeno natural no se presente, pero que cuando llega una fuerte lluvia o temblor los problemas se manifiestan hasta el grado de que algunas familias ven como su patrimonio se pierde. 

Es importante que la comunidad, nuestras autoridades tengan en mente estos desastres que a través del tiempo se han padecido para general estrategias, normas y reglamentos que garanticen la seguridad de las zonas habitacionales. Y que la población que se integra a nuestra comunidad conozca las condiciones climáticas de la región y los incidentes que los fenómenos naturales han provocado, en algunos casos por negligencia como las inundaciones, pero también otras que definitivamente no se pueden prever como los temblores.

En la memoria colectiva se encuentran algunas inundaciones como la de 1970-71 cuando la cantidad de lluvia fue tal que el cauce del rio Tecate fue insuficiente para contener el agua, se desbordó partiendo en dos la ciudad. En aquel tiempo no se contaba con los puentes para los autos que ahora se tienen. En diciembre de 1977 y los primeros meses de 1978 las lluvias torrenciales y vientos fuertes en Baja California provocaron inundaciones en Tijuana, Playas de Rosarito, Tecate, Mexicali, San Felipe y San Quintín. Extraoficialmente los periódicos de la época hablan de 200 muertos. En lo personal recuerdo haber visto como la fuerza del rio se llevó el puente peatonal que se encontraba en la calle Dr. Guerra, en la Colonia la Viñita. No tengo claro si fue en esta ocasión cuando la Presa Abelardo L. Rodríguez estuvo a punto de desbordarse, al parecer porque la falta de mantenimiento había pegado el mecanismo para abrirla y mientras intentaban rehabilitarlo el nivel de agua se incrementaba. 

En lo personal recuerdo muy bien la inundación de 1993, por primera vez escuché sobre el fenómeno del Niño, también por primera vez hubo suspensión general de clases en todos los niveles educativo, la carretera Tecate-Tijuana fue cerrada, se implementaron refugios para las familias damnificadas. Según los diarios de la época, fallecieron 110 personas en el Estado. Los daños fueron cuantiosos, la pérdida de vidas humanas y la falta de conocimiento de cómo afrontar estos eventos naturales sentaron las bases para crear Protección Civil en el Estado.

Hurgando un poco por internet podemos rastrear desastres naturales desde principios del siglo XX hasta los ocurridos el mes de octubre pasado. Las tormentas de 2010 y fuertes vientos que provocaron inundaciones, apagones, deslaves, desbordamientos de arroyos, el colapso de los puentes Las Animas y San Vicente lo que dejó incomunicado a San Quintín, cierre parcial de la carretera Transpeninsular, cierre de varios tramos de la carretera Tijuana–Mexicali; desde luego el terremoto del 4 de abril de ese mismo año. Uno de los temblores más fuertes en la región, con 7.2 grados en la escala de Richter, duró 89 segundos y tuvo su epicentro en la Laguna Salada.

Pero también es sabido que en California tienen identificada la época de incendios. En lo que va de este siglo xxi, los incendios se han presentado año con año. Su intensidad y sus daños materiales y pérdidas humanas han sido variados. En Baja California no ha sido la excepción, escuchamos de ellos en las zonas boscosas o en las cordilleras cercanas a la línea divisoria. Escuchamos los daños causados, pero siempre como algo distante. Sin embargo, este 2019 tomaron por sorpresa. Las condiciones santana permitieron que se expandieran a gran velocidad que fuera muy complicado contenerlos. Los daños a los conocemos, de acuerdo con la información consultada hubo más de 700 incendios en el Estado, sin lugar a dudas uno de los episodios más lamentables que hemos padecido como bajacalifornianos.

Algunos de estos desastres pudieran ser evitados, otros se pudieron haber disminuido o se disminuyeron sus efectos negativos, pero otros fueron inevitables. No valieron los conocimientos previos, las acciones realizadas, ni los esfuerzos por controlarlos, ante la fuerza de la naturaleza, la del hombre fue inútil.

Por último, quiero expresar mi solidaridad con las familias afectadas con los incendios del mes de octubre; mi reconocimiento a los cuerpos de bomberos locales y a aquellos bomberos que sumaron esfuerzos para contener el fuego, al igual que los voluntarios que hombro con hombro colaboraron en el campo haciendo frente común a las llamas, donando agua, alimentos, herramientas, etc. La lista de personas, estudiantes, grupos, asociaciones, colegios, comercios, empresas e instituciones que se han solidarizado es larga. La respuesta de la comunidad ha sido ejemplar.

Aprovechemos esta experiencia para fortalecer al Departamento de Bomberos y Protección Civil, no solamente en seguir capacitándolos, sino en brindarles el equipo necesario para desempeñar su trabajo con seguridad y eficiencia.

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