A partir de los trágicos hechos de la semana pasada en Culiacán han surgido un cúmulo de personas que a tontas y a locas han emitido opinión -cual si fueren expertos en el tema- recriminando duramente al presidente la decisión de liberar a Ovidio Guzmán; hay quienes incluso hablan de fincar responsabilidades por el delito de Evasión de Reos -lo que es un disparate- y hay otras más mesuradas que analizan fríamente los hechos.

Pero el problema de Culiacán no es un problema nuevo y, para recordarle, me habré de remontar a algunos artículos que he escrito y publicado entre 2008 y 2009, hace poco más de diez años.

La activa presencia militar en el combate a la delincuencia ha generado diversos comentarios respecto de la decidida lucha que el ejército viene desplegando. Hay quienes le apuestan por completo a la efectividad militar en tanto otros pugnan porque los soldados regresen a los cuarteles. Estoy de acuerdo en que la presencia e intervención militar ha sido necesaria y que han dado resultados -por inteligencia y por circunstancia- que han generado confianza en la ciudadanía. Pero no debe perpetuarse el ejército en la tarea de los civiles. El presidente Calderón ha dicho -2008- que el ejército pronto saldrá de las tareas de combate a la delincuencia para dejar a las corporaciones civiles el cumplimiento de su responsabilidad, lo que resulta lógico porque el valor de cambio del actuar militar tiene corta vida. No podrá durar mucho la credibilidad de la efectiva participación militar cuando se siguen presentando levantones, secuestros, y otras conductas de alto impacto. Si así fuera, no tendremos ya otra instancia superior. Y no se puede correr el riesgo. (Juzgue Usted – El Riesgo. Febrero 2008)

Justo un año después, en febrero de 2009, escribí “Las Condiciones”, de lo que hoy transcribo una parte medular: “Que terrible enredo se traen en las altas esferas del país, cuando debieran proyectar madurez, capacidad y, por supuesto, prudencia. No encuentran la manera de no enredarse más en el desbordado problema de seguridad pública. No por nada el jefe de Operaciones de Inteligencia de la DEA Anthony Placido dijo, literal (Proceso 1686) “la situación que vive México en estos momentos es similar a la que se vivió en Colombia en la década de los 80. El reto del gobierno mexicano es transformar una amenaza a la seguridad nacional en un problema que pueda ser resuelto por la policía civil, pero tomará tiempo y se requerirá de un mayor sacrificio de la gente en ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez y Culiacán, y otros puntos del estado de Sinaloa donde hay demasiada violencia. Allí la situación empeorará. Pero, preciso, por ahora, ninguna de las organizaciones criminales mexicanas se rendiría en estos momentos a menos que se sientan realmente amenazados por las operaciones del gobierno mexicano.”

Más claro, ni el agua.

Esto lo he dicho muchas veces y en diversos foros: para vencer en la lucha contra el crimen se requiere -además de madurez, capacidad y prudencia- experiencia, estrategia e inteligencia; solo así se puede recuperar el control perdido y se evitará que se siga perdiendo. Algo muy importante también es que en la visión de los políticos -incluidos quienes así se sienten y quienes aspiran a serlo- no los gobierne el hígado ni las pasiones.

Muchas otras veces, también, he equiparado la labor de combate a la delincuencia con un eficaz trabajo médico, desde la primera valoración del paciente hasta su total sanación, en donde no por atender a dos pacientes con la misma enfermedad el tratamiento deberá ser idéntico, sino que cada uno tendrá su propio diagnóstico y posología. Así funciona en el combate a la delincuencia sea del orden federal, estatal o municipal, en donde no por traer un librito de apuntes significa que le saldrán bien las cosas, pues se requieren muchas cosas más, incluso, de las arriba apuntadas.

Llegamos pues al tema Culiacán, y no puede ni debe condenarse al presidente por la liberación de los principales capturados, pues una regla básica de sentido común policial es no arriesgar al rehén sea uno, varios o múltiples. Incluso teniendo al delincuente a punto de tiro, ese sentido policial de preservar la vida humana da y sostiene la orden de no disparar.

Lo que hay que analizar y condenar severamente son las circunstancias anteriores a la captura, porque es evidente que todo se hizo mal, pues en operaciones de gran calado se deben tener previstos y calculados, quirúrgicamente, varios operativos simultáneos: perimetral, de acercamiento, de captura, de extracción, de contención y respuesta, y de blindaje. A falta de planeación de uno, todo falla en cadena y las consecuencias están a la vista.

Lo lamentable en todo esto es la mala conducción del ejército en un asunto tan trascendental -es evidente que la logística no corrió a cargo de SEDENA- porque como escribí en 2008, no tenemos otra instancia superior a quien recurrir para garantizar la estabilidad y paz social.

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