Lo conocí a través de su libro La visión de los vencidos, como una aparición desfilaron ante mí los sonidos del teponaztli y las flautas prehispánicas, a las que en aquel tiempo sólo había escuchado en televisión. Ese libro blanco me lo habían prestado, muy desgastado de las hojas, algunas tenían las esquinas dobladas, otras estaban algo rotas. Aun así conservaba el señorío de la información que contenía. Con notas al margen, algunas escritas a lápiz, otras con tinta roja o azul. Algunas palabras subrayadas, las cuales debí buscar en un diccionario para comprender su significado, pero eso lejos de quitarme el interés hizo que tuviera más ánimo para leer aquel texto. Recordé las últimas palabras que leí en algún otro lugar, que habían sido pronunciadas el Gran señor Cuauhtémoc a su pueblo, poco antes de morir <<Nuestro sol se ha ocultado, nuestro sol se ha escondido y nos ha dejado en la más completa oscuridad… Llegó el tiempo de guardar el conocimiento>> entonces imaginé que de alguna manera la luz del conocimiento había sido redescubierta por Don Miguel de León-Portilla, misma que sería esparcida en nuestro país a modo de polen invisible que llegó a otras partes del mundo. Sus libros traducidos a distintos idiomas permitieron que se conociera la grandeza de nuestros ancestros. Fue el historiador que denominó de una buena manera la llegada del hombre europeo a América de “Encuentro de dos mundos” concluyendo una discusión desatada entre muchos intelectuales de que, si era una conquista, descubrimiento o como algunos más dijeron: Simbiosis cultural.

Su gran conocimiento lo llevó a impulsar el estudio de las culturas antiguas de Baja California “Siendo director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de México, León-Portilla propició la fundación del Centro de Investigaciones Históricas (UNAM-UABC), en 1975, estableciéndose la sede en Tijuana, Baja California El Centro de investigaciones de la Universidad Autónoma de Baja California”.

Hizo lo que pocos pueden hacer, permitir que veamos la historia con otros ojos, con los ojos de quien da nacimiento a ella, haciendo una reconciliación entre los naturales que vivieron y conocieron la historia por la transmisión oral de sus ancestros, creando un puente entre los que dieron origen a la historia en sus lugares sagrados y a su modo con su propio conocimiento y de los que llegan a aprender de ellos. De forma personal nos llegó a transmitir el conocimiento de tal manera que pudimos ver el colorido de nuestra propia historia en lugares que antes no podíamos ver, porque nos faltaba ese enlace de aceptación, amor y sensibilidad de quien veía no solo con los ojos sino con el poder creador de la palabra y la aceptación del conocimiento ancestral sin inhibiciones. Como decían los ancestros, “Llego su tiempo de ver florecer el conocimiento”, hacerlo suyo, amarlo, descubrirlo en su gama de colores y sabores para después con el poder infinito de las palabras irlo esparciendo por el mundo, fue entonces, sólo entonces que a nosotros se nos permitió conocer y saber todo aquello que no pudimos ver, hasta que él con su amor infinito al conocimiento nos permitió conocer muchos de los secretos guardados en diversos códices y escritos.

Sabía tanto de nuestro pasado por su inquietud de saber y disfrutar el aprendizaje, escuche de alguien que tuvo la oportunidad de conocerlo y escucharlo cuando se presentó en una feria del libro en el Palacio de Minería de la Ciudad de México, hace casi dos décadas. Su rostro afable, dispuesto a compartir su saber con quién se acercara a preguntarle, usando un lenguaje comprensible para cualquiera, aunque quien le preguntara fuera poco letrado. Hacía patente su sentir y pesar al dejar de hablarse alguna lengua, ya que decía que con una lengua, morimos un poco todos.

Defensor incansable de las causas indígenas, estableció que debía comprenderse la historia en su propio medio, bajo sus reglas, en su propia forma de vida. Vistos los hechos a través de los ojos de quien vive en el lugar y se deja estudiar. Evitando mirar con los ojos de quien llega de fuera e intenta dar una explicación a una forma de vida a la que no comprende porque desconoce el medio. Debe considerar lo que ve en sus sentimientos, cultura, aromas y hasta los colores. Al leer parte de sus textos, conocer lo que otros han escrito en referencia a él, me encantó la forma en que a él se refiere Enrique Florescano como “El gran conservador de la memoria indígena”. En relación a sus estudios del México Antiguo, por lo que escribió Don Miguel de León-Portilla, debe ser considerado un hijo favorito de nuestro país, por el conocimiento que resguardó y rescató de nuestro pasado, la habilidad de escucharlo y posteriormente escribirlo.  

Llegó su tiempo para irse a lado de Mictlantecuhtli (Señor del inframundo), quien ahora lo espera con tintas de colores y una gran cantidad de papel amate para que en ese lugar escriba sus nuevos cuentos, pero, ahora con otras enseñanzas que escucharemos sólo cuando llegue nuestro tiempo de tránsito a ese lugar. Para él, no creo que haya momento de guardar el conocimiento, si es como dicen: Ahora se nutre del saber de muchos y estará sonriente gozando de las mieles y el néctar dado sólo a los elegidos: El conocimiento del todo.   

Buen Viaje, Señor, mi Señor, mi gran Señor; Conservador de la memoria indígena, que toquen los caracoles a los cuatro puntos cardinales, te den la bienvenida y te dejen seguir aprendiendo donde el tiempo carece de importancia…

“Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada produce una dulce muerte”

Leonardo da Vinci

“La muerte no es más que un cambio de misión”

León Tolstoi

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