Relatos de Ultratumba

Texto de: Héctor Nila Dorantes.

Desde que falleció su esposa Helena,  Severiano vivía deprimido. Nunca tuvieron hijos, tampoco una economía holgada. Él trabajó toda su vida en oficina de gobierno; no era muy amiguero, era taciturno y dedicado a vivir con su mujer.

Algunas veces, para distraerse, salían a algún lado o visitaban familiares y conocidos. La vida de ellos siguió su curso y sin darse cuenta los años se hicieron presentes en su cuerpo.

Helena empezó a tener dolores del corazón, aunque no hacía caso, eran constantes y afectaban su salud. Su marido la llevó al doctor y tras mandarle varios estudios, detectaron que estaba muy grande; quizás debido a que al declararla hipertensa, eso originó el agrandamiento del corazón.

Severiano la cuidaba y estaba con ella todo el día -ya que su trabajo se lo permitía- pero su mal cardíaco crecía y cada vez le costaba trabajo levantarse; se fatigaba mucho y había que conectarla a un tanque de oxígeno. Eso prolongó un poco más su vida, hasta que una noche se quedó dormida y no volvió a despertar.
Al entierro de Helena, sólo asistieron el sacerdote y algunos conocidos.

Severiano lloraba la soledad en que estaría… su vida se hizo más deprimida y vacía. Muchas veces no cenaba y fumaba mucho.

Al cabo de seis meses de la partida de su mujer, una noche mientras miraba un programa en la tele, un ruido en la cocina lo asustó, haciéndole levantarse e ir a ver de qué se trataba. 

Al llegar, ¡se encontró con su mujer sentada! -Severiano, no tengas miedo, sí, soy yo; por esta razón me preocupaba morir, sabía que te pondrías muy mal.

– ¿Pero no entiendo, cómo estás aquí?

– Bueno, podría decir que he venido a hacerte compañía.

– Pero… no deseo que por mi soledad tú no descanses.

– Te diré que igual en un ataúd está uno solo, la diferencia es que yo estoy muerta y tú no.

A partir de ese momento, Severiano cenaba alegre cada noche, ya que su mujer difunta lo acompañaba aunque sólo lo miraba.

Así pasaron 6 meses más, hasta que Helena le hizo una propuesta:

– Dime Severiano, ¿Deseas irte conmigo al más allá?

Severiano la miro impávido, palideció, sacó un cigarro, fumaba nervioso…

– Y dime mujer, ¿Sentiré dolor al morir?

– No, te irás a la cama, te dormirás como siempre y yo te llevaré conmigo.

– Está bien mujer, solo deja arreglar mis papeles y funeral, hablaré con un amigo mío, le inventaré que tengo enfisema en mis pulmones, por tanto fumar.
Tal como lo pensó así lo llevó a cabo. No podía evitar sentir miedo y temor cuando llegó la noche pactada.

Recorrió por última vez su casa y fue a la recámara, se acostó y ella apareció… tocó su cuerpo y él pudo tomarla.
Era extraño, ¡se sentía bien!

Al voltear, vio cuerpo físico inerte; de algún modo Severiano ya no estaría solo y su esposa cenaría con él por siempre, en el más allá.

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