Por: Antonio Meza Estrada*

Sería un mes de agosto, cuando las temperaturas de los valles llegan a 50 grados, que una persona de filipina blanca y pantalón de mezclilla estaba en la antesala del COLEF.

Durante décadas, miles de campesinos vivían en Mexicali y cruzaban por la madrugada a “el hoyo”, una zona marginal en la vecina Caléxico donde se contrataban cada día a las personas que trabajaban en los campos del Valle de Imperial, en el sur de California.

Cientos de autobuses urbanos de desecho en las escuelas, jalando en una raca a un sanitario, contrataban a los trabajadores agrícolas para ir a preparar la tierra, sembrar o cosechar lechuga, cebollín, coliflor, brócoli entre otros vegetales.

El empleo no distinguía edades ni sexos, aunque la gran mayoría eran mexicanos o México americanos.

Al pantalón de mezclilla de ellas y ellos y una camisa o blusa con mangas para proteger los brazos del sol, se unían botines para protegerse de las alimañas del campo y un sombrero de ala ancha que cubriera la cabeza, la frente y la nuca. Una pañoleta envuelta al cuello siempre era de utilidad, para evitar la insolación o secarse el sudor.

No pocas veces las mujeres llevaban a sus hijos menores en canastas o cunas improvisadas. Allí amamantaban bajo el rayo del sol y a veces, del perverso efecto de los fumigadores.

Enfermos los había por miles, y allá no los podían atender. Venían a Mexicali a clínicas privadas que no siempre podrían costear. Atender los embarazos y las secuelas de accidentes en la labor.

Pues de esto platicamos toda la mañana César y yo. Él quería poner un hospital de la Unión en Mexicali y que allí nacieran los hijos de los jornaleros; que allí con credencial de la unión les dieran las medicinas y los operarán. Era el año de 1987 y el gobierno de México estaba (?) muy lejos de esos seres humanos desprotegidos por estar a la mitad de dos países, dos economías, dos naciones.

Yo era el delegado del Colegio de la Frontera en Mexicali y unos días antes, Jorge Bustamante, Presidente del Colegio y con oficina en Tijuana, me habló y me dijo: “Te va a ir a ver César; platica con él, ayúdalo”.

Los puse en contacto. Dialogaron. El proyecto se detuvo porque César se fue al norte de California a otra huelga. Ya no nos volvimos a ver.

Pasaron los años y uno de estos días, llegué a Detroit como Cónsul de México.

Me enteré y no podía creerlo: En la universidad pública local, Wayne University, está en custodia todo el archivo de la Unión.

No pocas tardes me fui a la sección pública a ver documentos, folletos, libros, fotografías… a revivir la historia que me tocó vivir. 

Hace unos días fue un aniversario del natalicio, estaría cumpliendo 94 años. También recordé en estos días a Jorge, quien ya se fue a acompañarlo en otras dimensiones.

Contacto:*yerbanis33@gmail.com

-LAS OPINIONES DEL AUTOR, NO REFLEJAN LAS DE LA EMPRESA-

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